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image 29/07/2013
Artículo Ramiro Fernández Alonso

Los peluqueros, en ocasiones, nos parecemos a los diplomáticos. No es que tengamos que resolver problemas que surgen en las altas esferas, pero si debemos de encargarnos del cuidado de otros: los que llevamos sobre nuestros hombros. Y digo que parecemos diplomáticos porque, ante un mismo caso, dependiendo de quién se encuentre en nuestras manos, le diremos que ese es un problema de fácil solución o una ventaja a aprovechar.

La más habitual de estas curiosas disyuntivas capilares es la canicie. ¿Qué hacemos? Ante un cliente preocupado por el blanqueamiento progresivo de su pelo es difícil dar una respuesta. Tanto hombres como mujeres solemos reaccionar con cierta preocupación. Podremos llegar a asumir que las canas son parte del ciclo de la vida pero cuando aparecen se produce en nuestro interior un choque de sensaciones entre nuestro ego y nuestras canas.

Detectar el origen de esa canicie es el primer paso para poder responder al cliente o confidente. En los tiempos que corren -y lo hacen sin cansarse- no es raro encontrar cabelleras antaño brillantes, sedosas y llenas de color, ahora salpicadas de mechones blancos, secos y de escasa flexibilidad. La tristeza, el estrés, el entorno, la hipoteca, el trabajo, su ausencia… Esta maldita crisis puebla de canas las esferas que debieran presentar por naturaleza otro estado, otro tono, otra vitalidad.

Observen al señor Barack Obama. En muy poco tiempo su cabellera se ha encanecido. ¿Factores? Al margen del componente hereditario, sin duda, buena parte se puede achacar a lo anteriormente descrito: responsabilidad del cargo, tensión por la situación económica mundial, inseguridad en los mercados, oscilaciones acusadas en el precio de la energía, inestabilidad financiera, desequilibrios monetarios….

Cuando uno de estos factores toma asiento en algunos de nuestros sillones, el peluquero pasa de ser experto en estética masculina a cuidadoso observador de la psicología humana. ¿Qué hacemos? ¿Aplicamos la diplomacia?

Podemos hablar a nuestro cano prematuro que entre los hombres más atractivos del planeta siempre se encuentran algunos de pelo blanco, que hay mujeres que prefieren este tipo de cabellos o que su nuevo aspecto lo hará más atractivo para quien busque símbolos de experiencia, madurez y contundencia. Diplomacia para el corazón y la mente y suave bálsamo para quien tiene tocado lo más profundo de su ser, es decir, su yo.

Es obvio que la canicie no es la peor consecuencia de la crisis, que ésta no es más que un problema estético y que existen infinidad de preocupaciones mayores y más importantes que un aumento de la densidad de pelos blancos en el cabello. Sin embargo, la canicie, en ocasiones, es un síntoma de algo que tiene difícil solución: la desaparición del individuo, su disolución en un mar de dudas y preocupaciones. En tiempos de crisis, el hombre se aísla, se abstrae, se recoge y, ante su propia duda, calla y envejece.

En casos de desánimo, a los peluqueros nos corresponde revitalizar y motivar al hombre psicoestéticamente para potenciar su autoestima, o sea, conducirle de esa imagen atascada (IPA) a la imagen personal impulsora (IPI) fortaleciéndole su yo, mimándole su alma y devolviéndole a su cabello, no ya el color, sino la vida perdida. Nuestra aportación es modesta pero, en ocasiones, a mi salón han entrado hombres desinflados, de hombros caídos y ojeras para, al rato salir por la puerta enormes egos dispuestos a devorar el mundo o, al menos, a no permitir que éste se los devore a ellos.

Nosotros, profesionales, tenemos que conocer las bondades y atributos positivos de un pelo cano y sano y ser el apoyo natural del hombre en la firme creencia de sus capacidades y posibilidades. Siempre aconsejando, según dicte la diplomacia, si optar por el encubrimiento o acentuar la blanca cabellera con un ligero tono gris o acerado.

Una u otra posibilidad no son la solución al problema de fondo, es cierto. Nosotros ayudamos a alcanzarla. Una adecuada estética será, al menos, el bastón con el que resistir los envites de un infatigable contexto económico que, como algunos ya han bautizado, es el fin de occidente tal y como lo conocemos hoy. Vengan los tiempos que vengan, aquí nos tienen, psicoestéticamente preparados para presentar batalla con la mejor de nuestras armas: la autoestima. ¡Ánimos amigos y a cuidar las canas!

Ramiro Fernández Alonso
Psicoesteta






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